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jueves, 20 de febrero de 2014

Camino primitivo '13 - Etapa 4: Tineo - Pola de Allande


Pi pi pi pi...pi pi pi pi...las alarmas del móvil nos despiertan como una bofetada. Hoy abrimos los ojos antes de lo habitual, hoy toca madrugar, toca motivarse desde primera hora. Sebastien y Helene ni se inmutan a pesar de nuestros ir y venir por la habitación; dado que no hay cocina, ni nada que se le parezca, desayunamos en el recibidor, donde hay un sofá algo olvidado por los años. Desayuno tranquilo, con ganas de empezar la etapa, saldría corriendo, pero calma, calma, calma. Vero, para no perder la costumbre, anda de aquí a allá con la quinta marcha puesta. En los despertares somos la noche y el día, a veces se olvida de untarse los pies con vaselina y he de recordárselo, al fin y al cabo, de estas cosas siempre acabamos riéndonos. Yo sigo mi ritual de siempre: desayuno, vestirse, prepararse los pies, calzarse, hacer algunos estiramientos y pa' fuera.

Tras recomponer la mochila por vigésimocuarta vez en lo que va de Camino, salimos al encuentro con el cielo aún oscuro de Tineo, no hace frío, se divisan algunas nubes y tengo la intuición de que hoy caerá alguna gota, y no me equivocaré. Dejamos atrás el albergue y pronto perdemos a Lucía, que se ha quedado atrás, Vero y yo continuamos a buen ritmo de forma progresiva, nos despedimos de Tineo a medida que vamos adentrándonos en zonas algo más rurales. Decidimos llamar a Lucía por si acaso le ha pasado algo, nos dice que se ha quedado algo atrás por un problema con sus botas, así que seguimos. Unas pequeñas subidas para acabar de despertarnos nos conducen a pistas de tierra y bosques frondosos en los que es necesario sacar el frontal ya que todavía el Sol no ha comenzado su jornada. La subida es constante pero lineal, sin grandes pendientes, vamos recuperando oxígeno de vez en cuando. La ropa comienza a sobrar, los Navarro somos muy calurosos, pero hay que ir con cabeza  y aguantamos un poco más, no vayamos a coger un molesto resfriado.


Amaneciendo a las afueras de Tineo
Al poco rato y sin saber cómo, vemos al fondo, delante nuestra, a Lucía, ¿pero cúando nos ha adelantado?, no tenemos ni idea. Está cambiándose las botas, esas que la están matando, por sus manoletinas, una auténtica locura que reconoce ella misma, pero no ve otra solución, a pesar de no tener prácticamente suela no aseguran ninguna parte del pie ni del tobillo. Comienza a andar y nos dice que de momento es un alivio no llevar aquellas botas asesinas, continuamos un rato los tres juntos hasta que ella coge su ritmo y quedamos en vernos más adelante, le deseamos suerte. Vero y yo avanzamos tranquilos, la etapa de momento se está comportando y las nubes, cargadas de agua, todavía no han decidido abrir sus compuertas.

Las pistas y los caminos de tierra siguen algo impracticables a causa del barro y el fango, sobre todo en las zonas cercanas a las aldeas, donde la tierra trabajada se humedece más y forma auténticos barrizales. A los 12-13 kilómetros de la etapa llegamos a una especie de nave industrial donde un hombre labra la tierra con su tractor, desde lejos nos mira fijamente, se supone que los aldeanos deben estar acostumbrados a ver pasar a peregrinos, quizá éste sea nuevo en el pueblo, pienso. Nos acercamos a él, porque no queda otra, se baja del tractor y tras saludarnos, nos pregunta si vamos a coger la ruta de los Hospitales, la variante en la que puede dividirse la etapa de hoy. Le decimos que no, que vamos hacia Pola, nos dice que lo que queda es duro, que hasta llegar a Melide nos quedan unos días majos, como él y sus ánimos. En realidad es un señor amable, lo que tiene un aire a asesino/secuestrador de peli barata de domingo. Nos invita a que probemos la leche de sus vacas, que vayamos a su nave, que está ahí cerca, y de paso nos sella la credencial, nosotros, con cara de circunstancia, le decimos que venga, que vale. El hombre se baja del tractor, nos lleva dentro de la nave y prepara la leche y los vasos, los cuales lava con sus propias manos, ¿pa qué las balletas, pa qué? Vero se tomará un vaso, yo con la leche sola no puedo, sorry. Nos saca un cuaderno donde anota a todos los peregrinos a los que sella, en realidad debemos ser el cuarto o quinto peregrino, pues solo hay unos cuantos apuntados, no se trata de ningún hospitalero, pero nos dice que algún día le gustaría serlo. Nos sella la credencial, cuyo sello es tan grande que casi no cabe en su espacio, y amablemente le anunciamos que tenemos que irnos, pero antes, coge una flor de su campo y me dice - Venga, dásela a tu novia - Vero y yo nos miramos y le respondo - Que no hombre, ¡que es mi hermana! -, así que nos despedimos con unas risas, con un nuevo sello y con un encuentro peculiar con un hombre peculiar, cosas del Camino, lástima que no nos hiciéramos una foto.
Desvío, hacia la derecha, Hospitales, izquierda, Pola

Casi al instante comienza a llover, no de manera intensa pero si de la manera que nos obliga a sacar el poncho y ponérnoslo. Continuamos por pistas de asfalto cruzando algunos pueblos y aldeas: Campiello, Borres (aquí hay un albergue donde pernoctan los peregrinos que deciden hacer al día siguiente la ruta de los Hospitales, ésta es algo más dura, pues se sube hasta los 1200 metros de altura y se avanza por plena montaña, donde normalmente hay fuertes rachas de viento y los servicios son nulos, esta etapa normalmente acaba en Berducedo, donde nosotros acabaremos mañana partiendo desde Pola), El Fresno, un pueblo llamado "Las Tiendas" (donde no hay ninguna por cierto)...

La etapa continúa por asfalto durante un buen tramo en el que la lluvia y el viento se convierten en nuestros incómodos compañeros de viaje. A Vero le molesta el roce de las ampollas con el talón, sé lo que es, y lo único que puede hacer es tirar de fuerza mental. Son 5 kilómetros pesados, espesos de llevar, algunos coches no aminoran la velocidad al pasar y dado que los arcenes son en algunos tramos mínimos hay que ir con bastante ojo. 
Paisajes idílicos bajo la lluvia

Vuelven los caminos enfangados y embarrados, la lluvia no cesa aunque hay que agradecer que no es intensa y permite sobrellevar la etapa, hoy el poncho no nos lo quitaremos hasta llegar a Pola. Comenzamos, primero de forma leve, la subida a los dos puntos más altos de la etapa, el Alto de Porciles (733 m) y el Alto de Lavadoira (806 m), éste último se hace pesado por el desnivel acumulado. Tras pasar el Alto de Porciles, bajamos lo subido para volver a subir un poco más todavía hasta el citado Alto de Lavadoira, son tramos que discurren por pistas de tierra mojada y tramos de asfalto resbaladizo. Espero a mi hermana, hoy se lo está currando, es una campeona, le voy animando con lo típico de "ya queda nada, esta subida y ya está", y de hecho, la guía nos dice eso. 
¿Cúanto duró ese bastón?

Tras Lavadoira comienza una suave bajada aunque algo pesada hacia Pola de Allande. Cruzamos algunas minúsculas aldeas, con sus gentes, con sus olores y con su propia vida, recuerdos líquidos que más tarde se solidificaran dentro de nuestras memorias. Mientras espero a Vero para llegar a Pola los dos juntos, juego con un perro mojado que camina junto a su amo y sus dos bueyes, el buen hombre me dice que Pola está ahí mismo, bajando. Vero y yo comenzamos el descenso a Pola, veo el albergue al principio del pueblo algo escondido a la derecha, la entrada a él se hace tras una pendiente y unas cuantas escaleras, por si no habíamos caminado mucho hoy, son las 15h, unas 9 horitas de etapa hoy, nos merecemos un buen descanso.

Entramos, Lucía ya ha llegado, como suponíamos, y encima lo ha hecho con sus manoletinas, toda una proeza, sobre todo por el día que nos ha hecho. El hospitalero está en la sala del comedor, tras elegir las camas y descargar nuestra segunda piel en forma de mochila vamos hacia allí para que nos selle la credencial y pagarle la noche. El hospitalero se sorprende del sello del hombre de esta mañana, dice que nunca lo había visto. ¡Normal, si en el cuaderno había apenas cinco peregrinos apuntados! El tío es serio, se nota que es un funcionario al que han mandado para cubrir el puesto de hospitalero, no siente ni sabe qué es el Camino, nada que ver con Domingo o Miguel de las anteriores etapas. 

Después de sellar se marcha, y nos quedamos de nuevo los tres solos. Afuera sigue haciendo un día de perros y no invita a salir para, al menos, conocer y pasear un poco por el pueblo. Nos duchamos y esperamos que el tiempo amaine un pelín. 

El albergue es limpio, grande, se trata de otra escuela rehabilitada para estos menesteres, a las duchas le falta alguna cortina o puerta, ya que no hay manera de evitar que el baño se convierta en una piscina olímpica tras la ducha. La cocina es muy completa, quedan algunos sobres con pasta y algunos tomates que por la noche cenaremos. Junto a ella está la sala de descanso, con unas sillas que imitan a las de la sala de espera de una consulta médica. En el pasillo que une las habitaciones con la cocina hay una serie de cuadros de gran tamaño que nos informan de las etapas del Camino primitivo, de las distancias y de las cosas a tener en cuenta, interesante.

Pola de Allande
Decido ponerme en marcha hacia el centro del pueblo para buscar algún supermercado donde comprar algo para merendar y algunas cosas para la etapa de mañana. Salgo del albergue y llueve débilmente, voy con mis chanclas para que los pies respiren y descansen un poco, evidentemente me llevo todas las miradas del pueblo, chico nuevo con chanclas a finales de octubre y lloviendo, no me extraña. Pregunto en un taller y me indican donde hay un súper, voy hacia allí y compro algunas cosas para sobrevivir unos días más y vuelvo al albergue. Lucía se ha comprado unas running que ha encontrado en la única tienda de deportes que hay por aquí, con ellas acabará el Camino, la mejor compra que ha hecho, sin duda. 

Habitación
Pasamos la tarde leyendo, planificando las próximas etapas y fortaleciendo lazos que sólo hace el día a día. Cuando para de llover decidimos ir a ver algo del pueblo, damos un par de vueltas y buscamos un bar donde sirvan sidra, que en Asturias debería ser cualquiera, pues no, ¡error!, entramos en uno de los pocos bares que hay y que quedan abiertos, nos llevamos de nuevo todas las miradas. Pedimos sidra y..no tienen, muy mal, muy mal, así que pasamos al plan B, unas birras, y mi hermana un Trina, que aquí solo sirven de manzana, ¿en honor a la sidra?

Volvemos al albergue con la noche instalada sobre nuestras cabezas, preparamos la pasta que queda en el albergue y nos preparamos para una nueva noche, y de nuevo los tres solos. Recogemos las prendas que habíamos dejado tendidas, siguen aún húmedas, al igual que las botas, embarradas hasta los tobillos. Son las 22h y nos metemos en el saco, hay que descansar bien para la etapa de mañana, la que nos llevará al Puerto del Palo, a unos 1200 m de altura, con un desnivel de casi 600 metros. La guía nos dice que cuando acometamos la última subida hacia la cima del puerto sólo escucharemos el sonido de nuestros jadeos, qué majo, ¿será cierto?, mañana lo veremos. 

Llega la hora de la desconexión mientras pienso en que no quiero que acabe esta aventura, porque cada etapa se convierte en un nuevo capítulo de nuestras vidas y en el que aprendemos nuevas cosas, quizá demasiadas o quizá insuficientes, el tiempo lo dirá. Buenas noches. 









viernes, 7 de febrero de 2014

Camino primitvo '13 - Etapa 3: Salas - Tineo


Amanece en Salas, suenan los tres despertadores casi al unisono, son las 7:15, he dormido muy bien, mucho mejor que en San Juan. Casi como zombis comenzamos el ritual de meter y sacar objetos de la mochila sin aparente orden, ¿esto iba aquí o iba allá?, no sé, da igual, pa' dentro, eso sí, las cosas que más debemos sacar, como la cantimplora o la guía, siempre a mano. Recogemos Vero y yo la ropa que tendimos anoche en la habitación para que terminase de secarse y nos comenzamos a vestir. Yo lo organizo todo en nada, puede que en otra vida haya sido boy scout, mi hermana tarda más, va de un lado a otro, nerviosa, ya nos conocemos. Sus ampollas van a más, se las ha cosido y hasta ahí poco se puede hacer, hasta que se endurezcan o desaparezcan, cosa difícil caminando varios kilómetros al día, que más da, ¿no dicen que lo que no mata nos hace más fuertes? Pues eso. Desayunamos los tres juntos y bajamos las ruidosas y quejumbrosas escaleras para salir del albergue, son las 7:45, una lluvia fina nos cubre casi obligándonos a enfundarnos el poncho, sumamos una nueva despedida, "hasta otra Salas", y comenzamos a restarle kilómetros a la etapa de hoy.

La etapa va ganando metros en subida por pistas de tierra, tramos por bosque y bordeando el río Nonaya. Deja de llover y nos desenfundamos el poncho, el sol ha decidido salir a trabajar. Comenzamos a acostumbrarnos a las subidas y bajadas, ahora más constantes, hoy, según nuestra guía, es la última etapa tranquila hasta llegar a Galicia. Vero nota las ampollas, pero es fuerte y aguanta, yo de momento tengo suerte y aún no noto ninguna molestia, cruzo dedos para que la cosa siga así. 

Una cosa que me ha resultado curiosa hasta ahora, y lo seguirá haciendo hasta que nos unamos al Camino Francés en Melide, es los pocos peregrinos que nos hemos cruzado en estas tres primeras etapas. En la primera etapa nos cruzamos con un chico francés, estaba en un puente que cruzaba un río, colocaba unas piedras formando un mensaje, después supe, por boca de él, que era un mensaje dirigido a una compañera que había hecho en el Camino, era un mensaje de apoyo y de fuerza. Tanto él como ella pasarían a formar parte de nuestro Camino, junto a Lucía y otros dos compañeros de los que hablaré más adelante, estas cosas son las que tiene el Camino y las que me hacen volver a él. 

Llegamos a Bodenaya tras pedir prestadas algunas bocanadas de aire, la subida se hace pesada, no por dura, sino por constante, nos vamos parando cada cierto tiempo para recuperar fuerzas, hoy parece que nuestras espaldas comienzan a entenderse con el peso de las mochilas. En Bodenaya nos sentamos para bebernos un zumo y tomar una barrita de cereales, el albergue de este pueblo, dicen, es uno de los mejores de todo el Camino primitivo, por la amabilidad del hospitalero, por las instalaciones, por las cenas que hace y por los desayunos que prepara...parece que es una de esas personas enamoradas del Camino, dedicadas en cuerpo y alma. Lamentablemente no entraba en nuestros planes acabar la etapa aquí, además, Bodenaya, si no voy mal, no tiene servicios, y si los tiene, deben de ser escasos, la localidad más cercana es La Espina, y allí nos dirigimos tras hacer la parada en boxes. 
Vero y nuestro grupo de fans

Lucía coge ritmo y nos adelanta, tiene los talones tocados debido al roce de sus botas, pero ella también es fuerte y aguanta. Vero y yo vamos dejando atrás Bodenaya y nos adentramos de nuevo por bosques y caminos por pista de tierra tranquilos. A partir de aquí la ruta se hace bastante más amena que en el inicio. A lo lejos veo a otro peregrino, comienza a ser noticia esto de encontrarse a más gente, resulta que es el mismo hombre que iba en el bus de Santander a Oviedo. Ya en la estación lo vimos con su mochila y Vero y yo comentamos que seguramente también haría este Camino y mira por donde nos lo encontramos aquí. Comenzamos a hablar y a reírnos de las casualidades de la vida, es de Valencia y es su quinto camino, casi nada. Continuamos juntos un rato más hasta que me paro a esperar a mi hermana. No será la última vez que nos crucemos.

Las sonrisas que nunca falten
La etapa sigue en su línea marcada desde que dejamos Bodenaya, una línea uniforme y sin muchos desniveles, el único inconveniente que nos encontramos es que debido a la lluvia de estos días los caminos de tierra están embarrados totalmente, hay tramos en los que el fango cubre 3-4 cm de bota, hay veces que más que caminar parece que patinamos sobre fango. Ralentizamos un poco el ritmo para no resbalar, entre tanto nos encontramos con un señor a la salida de La Espina, sentado en una piedra, nos pregunta de donde somos y le decimos que de Mallorca, "allí debe hacer calor aún" dice, en efecto, a mi hermana le da dos besos y nos desea un buen Camino. 

Seguimos la etapa, ahora ya casi sin ninguna subida de importancia, por bosques y pistas cómodas, donde vacas y toros nos vigilan como espectadores, donde la mente tiene permiso para liberarse y para dejar volar a nuestros miedos y a dejar entrar a renovadas ilusiones, si algo te da el Camino es tiempo, tiempo incluso para conversar con nuestra soledad. Vero y yo vamos distanciados, cada uno va a su ritmo, es algo que acordamos desde un principio, siempre en un cierto límite, de vez en cuando me voy parando y la espero, bebemos agua y continuamos. Cada uno hace su propio Camino, en busca de lo que cada uno lleva dentro.


Y así, vamos aproximándonos a nuestro final de etapa, cerca de un campo de fútbol un cartel nos marca que a un kilómetro está el centro de Tineo, ahora el camino discurre por carreteras y calles asfaltadas, primero en subida y después en una larga bajada en zig-zag. Este último kilómetro se hace largo, pero por fin llegamos al albergue, está abierto, llamo a Lucía a sabiendas de que ha llegado, y efectivamente, hace un rato que está ahí. El hospitalero no está, un cartel nos dice que llegará a media tarde, para variar seguimos siendo los tres los únicos habitantes de este albergue, pero hoy será el primer día que durmamos con más gente.
Ayuntamiento de Tineo

Vero y yo nos acomodamos, el dormitorio es grande, se trata de una antigua escuela reformada como albergue, descargamos pesos y me preparo para ducharme, ¡el mejor momento del día! Tras estar todos limpitos decidimos buscar el centro del pueblo para poder proveernos de alimentos, preguntamos en una farmacia y nos dice que es todo para abajo, a unos cinco minutos, el problema es que la vuelta es en subida, si ya digo que Asturias es muy bonita, pero lo que es suelo llano...poco poco. El centro de Tineo es majo, tiene un bonito ayuntamiento y una acogedora plaza, además el día acompaña y los rayos de sol parecen devolvernos las energías consumidas esta mañana. 

Hacemos las compras y volvemos al albergue, la cocina en este albergue no existe, simplemente hay un microondas, algunos vasos y ningún plato, pero somos previsores y hemos traído cubiertos de plástico. Calentamos unas salchichas en el microondas y nos comemos unas ensaladas envasadas.

Paso la tarde descansando en el exterior del albergue, hace fresco pero el sol equilibra la balanza, escribo y conversamos los tres sobre la etapa de mañana, creo que me voy a aprender hasta el índice de la guía. Entretanto llega Miguel, el hospitalero, un hombre majo y hablador, muy hablador, pero que nos ameniza la tarde con sus anécdotas. Nos sella la credencial, tercer sello del Camino. Nos cuenta que mañana son algunos kilómetros más que los que marca nuestra guía, según él mañana nos esperan 32 kilómetros, con subidas y bajadas con las que empiezo a tener una relación de amor-odio. Mi hermana está asustada, le parece mucho, pero la intentamos tranquilizar con que eso no es nada, que a partir de la entrada a  Galicia todo se suaviza. Se le pasa por la cabeza alquilar uno de esos taxis del peregrino que te llevan la mochila hasta el final de la etapa, pero le hago ver que aquí se viene con todo y se acaba con todo, que tras una subida siempre viene una bajada, y que tras el esfuerzo siempre llega la recompensa.
Exterior del albergue

Mientras tanto, llegan dos peregrinos más, se trata del chico francés del que hablaba más arriba, se llama Sebastien, y un poco más atrás llega su compañera, Helene. Pasamos un rato juntos, hablando una mezcla de francés, inglés, spanglish y alemán, más que un albergue esto parece la torre de Babel, así y todo nos entendemos y nos echamos unas risas juntos. Sebastien me cuenta que lleva tres meses caminando, empezó en Francia un 11 de agosto y aquí está, conoció a Helene en el Camino del Norte, ella empezó en Bilbao y viene desde Alemania. Aunque no nos conocemos, empezamos a unir conexiones, a formar lazos de esos que forjan los viajes y la aventura de la coincidencia.

Como hoy juega el Madrid propongo verlo en un bar y allí cenar, dicho y hecho. El bar está saliendo a mano izquierda del albergue, un sitio majo, con buen ambiente, nos pedimos una botella de sidra Lucía y yo, Vero no se moja, aunque luego le dará algún trago. Para cenar nos pedimos unos bocadillos, nos han debido ver cara de tener hambre porque nos plantan en la mesa unos bocadillos tamaño mi cara y un poco más, ninguno de nosotros puede con ellos y nos guardamos lo que nos sobra para la etapa de mañana, qué barbaridad :-). 


No terminamos de ver el partido porque se hace tarde y mañana nos esperan unos cuantos kilómetros más que hoy, estamos motivados para la etapa de mañana, cuando las cosas se ponen más difíciles damos una mejor versión de nosotros mismos. Llegamos al albergue y Sebastien y Helene siguen donde les dejamos, afuera, charlando bajo un cielo sin luna, quizá hasta ella ya se ha echado a dormir.

Algunas prendas no se han secado y las colocamos en el tendedero junto al calefactor, me meto en el saco, escucho algo de música antes de dormir, mañana será una etapa larga, pero cuánto más difícil es, más me gusta, esto es una superación diaria. Apagamos luces, hoy ya no somos tres, esto va cogiendo forma. Buenas noches.