Las tres de la madrugada, los ruidos ya han cesado, pero mi cabeza da vueltas y mi estómago se queja tras la cena de anoche, demasiada comida, demasiado vino. Tras varias visitas al baño durante la noche, buscando a tientas los interruptores de luz e intentando hacer el menor ruido posible, pues en esta mansión del terror en miniatura hasta las paredes parecen crujir, me levanto a eso de las siete de la mañana, el reloj todavía no ha sonado, pero mi cuerpo no está a gusto en la cama y decido levantarme, Vero me sigue, aunque ella hoy no saldrá conmigo, cogerá con Helene un autobús hacia Lugo, donde me esperará dos días hasta que llegue.
Desayuno fuerte pero rápido, hoy son algo más de 30 km los que he de cubrir, afuera la lluvia aprieta y el viento azota con fuerza. Hoy no he de esperar a Vero, y aunque sé que es la mejor opción, mis ánimos no son lo mismos si no salgo con ella. A pesar de todo, nos despedimos y le insisto en que me llame en cuanto llegue a Lugo. Abro la puerta, soy el primero en salir, el viento y la lluvia se lo están tomando en serio, y yo, sin darme cuenta, he salido sin el chubasquero, así que me vuelvo a meter dentro para colocarme el atuendo, pues afuera es tarea casi imposible.
Cruzo la carretera y pronto entro en un pequeño sendero que discurre junto a una carretera principal, se escuchan los coches muy de cerca, y yo, como un acto reflejo, busco a Vero con la mirada a mi espalda. Llego al arcén y camino por él durante un par de kilómetros, los coches rompen con sus faros la lluvia que se encuentran, y el viento me golpea de frente, por unos pequeños momentos siento algo de inseguridad, pues este tramo resulta bastante peligroso y he de andarme con ojo.
Con suerte, dejo el arcén y me adentro de nuevo en los bosques y en los caminos rocosos, las piedras están muy resbaladizas y el barro y el fango ensucian de nuevo mis ya embarradas botas, la lluvia amaina y se asienta un cielo plúmbeo y gris que al menos me permite deshacerme del chubasquero.
| Capilla tras pasar Montouto |
Con el susto en el cuerpo inicio la subida más dura que me voy a encontrar en todo el camino, y por supuesto, yo no lo sabía entonces, la que llaman A Costa Do Sapo. La tierra está enfangada, unas máquinas excavadoras, que a saber cómo han llegado hasta ahí, están dejando la tierra y el camino más enfangado todavía, por lo que caminar se convierte en una odisea; mis pies se hunden en el barro y los bajos de mis pantalones se tiñen de oscuro. En ocasiones he de apartarme para que baje o suba alguna máquina excavadora; la subida cada vez se hace más pronunciada, más vertical, inhalo y exhalo, escucho el esfuerzo de mis pulmones, no quiero pararme pero lo hago una vez, y casi me caigo hacia atrás por el peso de la mochila y por el desnivel de este tramo. Pasito a pasito, y sufriendo como hasta ahora no había sufrido, culmino esta subida de apenas 300 metros y llego de nuevo a la carretera. Pienso en Vero y, en parte, me alegro de que no haya venido, con su estado de hoy no sé cómo hubiera respondido ante esta subida.
Tras el fuerte ascenso llego por carretera al pueblecillo de A Lastra, a unos 800 metros de altura. Un pueblo fantasma, pues no veo a nadie por ningún lado, silencio, diversos tonos de grises que conforman el paisaje y yo, atravesándolo. Toca otra subidita más, y ya no sé cuantas van ya, definitivamente este Camino es un rompepiernas, y sin duda, algo preparado hay que venir si no quieres pasarlo mal. Tras pasar Fontaneira, se suceden varios tramos de caminos pedregosos con otros de carretera que me conducen a O Cádavo, donde se supone que acabaría la etapa de hoy, plan que cambié ayer por la tarde después de hablarlo con Alfonso y Lucía.
| Iglesia de Santa María |
| Dejando atrás A Baqueriza |
Soy el primero en llegar, ya me lo suponía, más que nada porque no me he cruzado con nadie más durante la etapa. La hospitalera, la cual o no debe gustarle su trabajo o la pobre no había dormido bien la noche anterior, resulta ser una borde y de mala gana me enseña el albergue y me indica que deje las botas afuera, que se ensucia el suelo. Tras sellarme la credencial me dirijo a la habitación asignada y elijo cama. El albergue es...una pasada, así, de primeras, sacado de alguna revista de IKEA, moderno y limpio, una cocina nítida y muy amplia, cuenta con una pequeña terraza en la parte posterior, un pequeño lavadero y baños separados para hombres y mujeres.
Tras ducharme llega Lucía, que también anda algo tocada de la barriga, fruto de la cena de la noche anterior. Yo me dirijo al centro del pueblo, donde supongo que encontraré algún supermercado donde comprar algo para comer. Cómo me esperaba, no hay mucho ambiente por las calles de Castroverde, el tiempo tampoco acompaña y yo tras comprar algunas cosas me vuelvo al albergue, donde se está de lujo. Ya han llegado los demás, Alfonso, Jörg, Sebastien; y yo paso la tarde entre libros y canciones, entre silencios y palabras.
Hablo con Vero, han llegado bien a Lugo, pero en el albergue no les dejan estar más de una noche, así que hoy dormirán en un hostal y mañana pernoctaremos todos juntos en el albergue de la ciudad. Ha ido de urgencias a un ambulatorio y le han mandado antiinflamatorios y le han vendado la rodilla, aunque parece no ser grave, ella está convencida de que dentro de dos días volverá a calzarse las botas y a quemar esos kilómetros que nos separan de la Plaza del Obradoiro de Santiago, deseo que sea así, aunque no dejo de preocuparme por cómo le irá.
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| Salón |
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| Pequeña terraza |
Uno tras otro vamos despidiéndonos, hoy ha sido un largo día para todos, Sebastien hace tiempo que ya duerme, y nosotros no tardamos en meternos en nuestros respectivos sacos. Le dedico un último pensamiento a Vero, deseando que esté bien, cómo me hubiera gustado que viese este albergue. Cierro los ojos pensando ya en mañana, pensando en que se me está pasando todo demasiado deprisa, en que quiero retener cada paso que doy, observar y guardar, pensando en que todavía es pronto para llegar...
¡Buenas noches!








