Traductor

martes, 16 de diciembre de 2014

Camino Primitivo '13 - Etapa 8: Padrón - Castroverde


Las tres de la madrugada, los ruidos ya han cesado, pero mi cabeza da vueltas y mi estómago se queja tras la cena de anoche, demasiada comida, demasiado vino. Tras varias visitas al baño durante la noche, buscando a tientas los interruptores de luz e intentando hacer el menor ruido posible, pues en esta mansión del terror en miniatura hasta las paredes parecen crujir,  me levanto a eso de las siete de la mañana, el reloj todavía no ha sonado, pero mi cuerpo no está a gusto en la cama y decido levantarme, Vero me sigue, aunque ella hoy no saldrá conmigo, cogerá con Helene un autobús hacia Lugo, donde me esperará dos días hasta que llegue.

Desayuno fuerte pero rápido, hoy son algo más de 30 km los que he de cubrir, afuera la lluvia aprieta y el viento azota con fuerza. Hoy no he de esperar a Vero, y aunque sé que es la mejor opción, mis ánimos no son lo mismos si no salgo con ella. A pesar de todo, nos despedimos y le insisto en que me llame en cuanto llegue a Lugo. Abro la puerta, soy el primero en salir, el viento y la lluvia se lo están tomando en serio, y yo, sin darme cuenta, he salido sin el chubasquero, así que me vuelvo a meter dentro para colocarme el atuendo, pues afuera es tarea casi imposible.

Cruzo la carretera y pronto entro en un pequeño sendero que discurre junto a una carretera principal, se escuchan los coches muy de cerca, y yo, como un acto reflejo, busco a Vero con la mirada a mi espalda. Llego al arcén y camino por él durante un par de kilómetros, los coches rompen con sus faros la lluvia que se encuentran, y el viento me golpea de frente, por unos pequeños momentos siento algo de inseguridad, pues este tramo resulta bastante peligroso y he de andarme con ojo. 

Con suerte, dejo el arcén y me adentro de nuevo en los bosques y en los caminos rocosos, las piedras están muy resbaladizas y el barro y el fango ensucian de nuevo mis ya embarradas botas, la lluvia amaina y se asienta un cielo plúmbeo y gris que al menos me permite deshacerme del chubasquero. 


Capilla tras pasar Montouto
Tras cruzar algunos riachuelos y pasar por pequeñas aldeas y discretos pueblos como Villardongo o Montouto, llego al punto más alto de la etapa de hoy, cerca de los 1000 metros se encuentran las ruinas de un antiguo hospital de peregrinos y una bonita capilla. En este punto comienza un fuerte descenso, que me lleva hasta Paradavella. Llevo un buen ritmo, todavía no he parado a merendar, y lo curioso es que todavía no me he encontrado con NADIE en el camino, es decir a ningún vecino, a ningún trabajador, y mucho menos a ningún peregrino. Tras pasar por una especie de cantera, me encuentro con un enorme perro en medio del camino, un estrecho camino de tierra junto a una casa de campo, el perro no hace más que ladrarme, por segunda vez en el día me siento algo inseguro, no me queda otra que seguir hacia él y pasar. Conforme me acerco el perro me ladra con más fuerza, me gruñe, y cuando llego hacia él me muerde las botas con rabia durante unos segundos, yo, acojonado vivo agilizo el paso y la cosa no llega a más; más tarde, en el albergue, cuando les cuente mi incidente, ellos me dirán que les ha ocurrido algo parecido con el mismo perro.

Con el susto en el cuerpo inicio la subida más dura que me voy a encontrar en todo el camino, y por supuesto, yo no lo sabía entonces, la que llaman A Costa Do Sapo. La tierra está enfangada, unas máquinas excavadoras, que a saber cómo han llegado hasta ahí, están dejando la tierra y el camino más enfangado todavía, por lo que caminar se convierte en una odisea; mis pies se hunden en el barro y los bajos de mis pantalones se tiñen de oscuro. En ocasiones he de apartarme para que baje o suba alguna máquina excavadora; la subida cada vez se hace más pronunciada, más vertical, inhalo y exhalo, escucho el esfuerzo de mis pulmones, no quiero pararme pero lo hago una vez, y casi me caigo hacia atrás por el peso de la mochila y por el desnivel de este tramo. Pasito a pasito, y sufriendo como hasta ahora no había sufrido, culmino esta subida de apenas 300 metros y llego de nuevo a la carretera. Pienso en Vero y, en parte, me alegro de que no haya venido, con su estado de hoy no sé cómo hubiera respondido ante esta subida. 

Tras el fuerte ascenso llego por carretera al pueblecillo de A Lastra, a unos 800 metros de altura. Un pueblo fantasma, pues no veo a nadie por ningún lado, silencio, diversos tonos de grises que conforman el paisaje y yo, atravesándolo. Toca otra subidita más, y ya no sé cuantas van ya, definitivamente este Camino es un rompepiernas, y sin duda, algo preparado hay que venir si no quieres pasarlo mal. Tras pasar Fontaneira, se suceden varios tramos de caminos pedregosos con otros de carretera que me conducen a O Cádavo, donde se supone que acabaría la etapa de hoy, plan que cambié ayer por la tarde después de hablarlo con Alfonso y Lucía. 


Iglesia de Santa María
Dejando atrás A Baqueriza
Hago un parón y y meriendo un zumo y algunas barritas. O Cádavo, a pesar de contar con unos 1400 habitantes, me parece otro pueblo fantasma más, será el día y el no encontrarme a nadie por el Camino. Hoy se me hace larga la jornada, supongo porque me falta Vero para comentar los quehaceres del camino; me pongo algo de música para sobrellevar los ocho kilómetros que me quedan hasta llegar a Castroverde. Tras una última subida al alto de Vaqueriza, ésta no tan fuerte como las anteriores, se pone a llover de nuevo aunque de forma débil, pero me pongo el poncho por si acaso llega a más.  Atravieso algunas parroquias de las que solo quedan paredes e historias; bosques abiertos y un terreno ya casi llano. Llego a la iglesia de Santa María de Vilabade, de estilo gótico y que lleva en pie desde mediados del siglo XV. Atravieso A Baqueriza y ya puedo divisar al fondo Castroverde, apenas a un kilómetro y medio. El último tramo constituye la peor parte, pues cruzo por una urbanización bastante aburrida que por fin me lleva a la entrada de Castroverde, donde justo al lado se halla el albergue de la Xunta, ¡y qué albergue..!

Soy el primero en llegar, ya me lo suponía, más que nada porque no me he cruzado con nadie más durante la etapa. La hospitalera, la cual o no debe gustarle su trabajo o la pobre no había dormido bien la noche anterior, resulta ser una borde y de mala gana me enseña el albergue y me indica que deje las botas afuera, que se ensucia el suelo. Tras sellarme la credencial me dirijo a la habitación asignada y elijo cama. El albergue es...una pasada, así, de primeras, sacado de alguna revista de IKEA, moderno y limpio, una cocina nítida y muy amplia, cuenta con una pequeña terraza en la parte posterior, un pequeño lavadero y baños separados para hombres y mujeres. 

Tras ducharme llega Lucía, que también anda algo tocada de la barriga, fruto de la cena de la noche anterior. Yo me dirijo al centro del pueblo, donde supongo que encontraré algún supermercado donde comprar algo para comer. Cómo me esperaba, no hay mucho ambiente por las calles de Castroverde, el tiempo tampoco acompaña y yo tras comprar algunas cosas me vuelvo al albergue, donde se está de lujo. Ya han llegado los demás, Alfonso, Jörg, Sebastien; y yo paso la tarde entre libros y canciones, entre silencios y palabras. 

Hablo con Vero, han llegado bien a Lugo, pero en el albergue no les dejan estar más de una noche, así que hoy dormirán en un hostal y mañana pernoctaremos todos juntos en el albergue de la ciudad. Ha ido de urgencias a un ambulatorio y le han mandado antiinflamatorios y le han vendado la rodilla, aunque parece no ser grave, ella está convencida de que dentro de dos días volverá a calzarse las botas y a quemar esos kilómetros que nos separan de la Plaza del Obradoiro de Santiago, deseo que sea así, aunque no dejo de preocuparme por cómo le irá.

Salón
Pequeña terraza
Llega la noche, he lavado cuatro prendas en el lavadero pero dudo de que se sequen antes de mañana, por lo que las coloco cerca de la calefacción mientras las vigilo. Estudio la etapa de mañana mientras ceno, tengo ganas de llegar a Lugo y de reencontrarme con Vero. Alfonso me ofrece unos spaguettis con queso que comparte con Jörg, se han pasado con la cantidad, pero declino su oferta, pues ya estoy lleno de los sandwiches que he cenado; más tarde nos reunimos todos en el salón y comentamos la etapa de hoy: la subida infernal a A Lastra, el susto del perro, la soledad del camino... aunque tampoco faltan las risas por la noche de ayer. 

Uno tras otro vamos despidiéndonos, hoy ha sido un largo día para todos, Sebastien hace tiempo que ya duerme, y nosotros no tardamos en meternos en nuestros respectivos sacos. Le dedico un último pensamiento a Vero, deseando que esté bien, cómo me hubiera gustado que viese este albergue. Cierro los ojos pensando ya en mañana, pensando en que se me está pasando todo demasiado deprisa, en que quiero retener cada paso que doy, observar y guardar, pensando en que todavía es pronto para llegar...

¡Buenas noches!



lunes, 20 de octubre de 2014

Camino Primitivo '13 - Etapa 7: Grandas de Salime - Padrón



Las siete y veinticinco de la mañana, el despertador se despierta y con él me despierto yo, hoy no he dormido bien a pesar de que ha sido el día que más horas he descansado, incluso hemos dormido una hora de más ya que ayer noche se retrasaba la hora. Me duele la espalda y por momentos la rodilla izquierda me recuerda los kilómetros que lleva acumulados. Vero se despierta poco después que yo y bajamos abajo para desayunar y cargar las mochilas. Todavía es de noche y afuera hace bastante fresco, tenemos por delante unos 29 km de ruta, queremos llegar hasta Padrón, donde teóricamente acabaremos todos. 

Desayunamos lo que compramos ayer en la máquina expendedora, unos cuantos bollos y unos briks de zumo, no es el mejor desayuno pero dadas las posibilidades que había es mejor que nada. Bajamos las escaleras que dan a la calle, Vero se resiente de sus ampollas, le digo que se le pasará en un rato, cuando el pie y las ampollas se acostumbren al caminar, hace algo de frío y la luna y el silbar de los grillos marcan todavía el tempo musical de la noche.


Últimos kilómetros en Asturias
Mientras va amaneciendo, nuestros pies atraviesan pequeños tramos de bosque, otros tantos de carretera y de vez en cuando alguna pequeña aldea nos recuerda que no estamos solos. A los pocos kilómetros llegamos a Cereijeira, al ser domingo todos los bares están cerrados, pero hay una pequeña tienda donde venden un poco de todo, allí compramos algunos plátanos y un par de zumos para complementar el escaso desayuno que hemos tenido. De paso nos sellan la credencial, que resulta ser el último sello de Asturias. Unos metros más adelante nos encontramos con el valenciano y su compañero alicantino, y tras intercambiar unas cuantas palabras nosotros proseguimos nuestro camino y ellos el suyo.


Bajo su atenta mirada
Atravesamos praderas mientras nos observan algunos bueyes y algunas vacas, Vero se siente algo mejor, cuando el cuerpo se acostumbra y se calienta tras unos kilómetros se hace más llevadero. Yo estoy bien, de hecho no he tenido ningún problema hasta el momento, quizá algunas molestias en las rodillas pero más por cansancio que por algún mal movimiento. Ni punto de comparación con mi primera experiencia en el Camino, donde sufrí más de lo imaginado y llegué a pensar incluso en abandonar. 

La ruta va ganando en altura, de forma progresiva, de forma que nuestros cuerpos también lo notan. Llegamos a Peñafonte, donde nos encontramos con un numeroso grupo de senderistas, pienso en si harán también el Camino, pero pronto descarto la idea al ver sus pequeñas mochilas, incapaces de guardar todo lo necesario para unos cuantos días de marcha. Nos mezclamos un rato con ellos, pues los ritmos son similares, así que mientras yo les adelanto para más tarde esperar a Vero, me los cruzo varias veces. Hace bastante viento, una larga carretera, cuyo final no alcanzo a ver, se extiende ante nosotros, el viento va en nuestra contra, nos pegamos al arcén izquierdo, de vez en cuando pasa algún coche que más bien parece salido de alguna película de acción y hemos de ir con cuidado, aunque en general hay poco tráfico. Por fin nos desviamos de la interminable recta y nos adentramos en un pequeña aldea, tras la cual comienza la subida al Puerto del acebo, de unos 1100 metros de altitud. El Puerto del Acebo marca la frontera natural entre Asturias y Galicia, según nuestra guía el ascenso es progresivo aunque de tener en cuenta, no parece ser tan exigente como el del Puerto del Palo.



Comenzamos la subida poco a poco, sin prisas, es todavía pronto, poco más de las 11 de la mañana, el sol ya está casi en su punto más álgido. Caminamos en silencio, recuerdo haberle dicho a Vero muchas veces que lo más duro ya ha pasado, que Asturias es más exigente que Galicia, por eso hoy tenemos una especie de plus de energía para superar la jornada, por eso la animo siempre que hace falta, siempre que veo en su mirada el cansancio. 
Al fondo vemos los aerogeneradores del Puerto del Acebo, otra vez los dichosos aerogeneradores, lo malo de tenerlos como referencia es que no dejas de mirarlos para ver si ya queda menos, y en ocasiones se hace bastante pesado, lo mismo que correr en cinta y no dejar de mirar cuanto llevas corriendo, un rollo vamos. Así que avanzamos y avanzamos, cada vez aproximándonos un poco más; en el último tramo le digo a Vero que me dé su mochila, ella insiste en que no, pero la consigo convencer y la llevo yo unos cuantos metros  para que ella puede descansar su espalda. Y al fin llegamos a la cima, una explanada se extiende ante nosotros, a ambos lados sentimos el rugir de las aspas, nunca había estado tan cerca de uno, ni en el Puerto del Palo, y la verdad es que impresionan tan de cerca.

Entre Galicia y Asturias
Tras descansar unos minutos continuamos nuestro andar, a pesar de hemos superado el tramo más exigente de la ruta de hoy todavía nos quedan algunos kilómetros. Comenzamos un descenso que nos lleva a una carretera en el que vemos el primer pilón que nos indica el Camino, en Galicia la dirección de la concha cambia respecto a Asturias, así que tenemos que cambiar el chip, no vayamos a confundirnos. Nos alcanza Lucía y compartimos algunos kilómetros con ella. Vero empieza a estar cansada, se trata de un cansancio acumulado tras tantos kilómetros y tras tantas subidas y bajadas, son las ampollas, la ingle, la espalda, y las rodillas, Lucía resulta ser un bálsamo de ánimos para Vero, entre los dos la animamos y le hacemos ver lo orgullosa que ha de estar por haber superado tantos imposibles que ella veía en un principio. Mientras tanto nos encontramos al valenciano y al alicantino, nos echamos algunas risas con ellos, son majos, llevan consigo todo un surtido de embutidos, quesos y hasta una bota de vino, son la leche; más tarde nos los encontraremos y compartiremos esos manjares a unos diez kilómetros de Padrón.

Lucía sigue con su camino y Vero y yo intentamos afrontar lo que nos queda. Se está haciendo una ruta larga a pesar de que no es la de más kilómetros. En una de esas esperas veo a mi hermana más lenta de lo normal, cargando una mochila que parece pesar el doble de lo real, los ánimos se desatan y surge la realidad. Vero hoy no puede más, ha llegado a un límite y le digo que si quiere abandonar pues abandonamos, no sin cierta rabia en mí, pues no me gusta dejar las cosas a medias, pero entiendo que las cosas no se han de hacer por hacer, si no por una razón, y hoy por hoy Vero no puede más. 

La mascota del pueblo
Capilla románica
Hacemos los siguientes kilómetros en solitario, realmente se está haciendo muy pesado hoy, veo Fonsagrada a lo lejos y miro atrás, pero no veo a Vero. Me entretengo con un señor que vive en una casa junto a la carretera, mientras hago algunos parones para no distanciarme mucho de mi hermana; este señor tiene como mascota a un cerdo, muy amigable por cierto, con el cual nos reímos un rato antes de que se vayan a comer. Decido continuar y esperar a Vero más adelante, cruzo algunas capillas románicas del siglo X y XI y a 1 km de llegar a Fonsagrada me detengo y la espero. Al pararme veo que también llegan Alfonso y Jörg a lo lejos. Me alcanzan y hablamos sobre comprar algo en el pueblo para cenar todos juntos esta noche, lo que será imposible, pues en el pueblo todo está cerrado hoy. Llega Vero y, ya en Fonsagrada, decidimos pararnos los cuatro en un bar que hay en lo que parece ser el centro del pueblo. El bar está repleto de gente, es domingo y las familias y los amigos se amontonan tras la barra; pedimos una ración de pulpo y unas cervezas a una chica que no parece saber bien lo que son los modales. Nos sentamos en la terraza y, eso sí, disfrutamos del pulpo y la cerveza como nunca. Nos quedan un kilómetro y medio más hasta Padrón y sabemos que allí no hay nada alrededor en el que poder cenar o avituallarse, tan solo hay una gasolinera a las afueras de Fonsagrada donde poder comprar algo. Preguntamos y averiguamos que en este mismo bar se ofrecen a recoger y a devolver a los peregrinos al albergue de Padrón siempre y cuando cenemos en su bar-restaurante, sin pensarlo mucho le decimos que sí, así que a las 20h quedamos en que nos vengan a recoger.


Pulpo y cerveza en Fonsagrada

Los últimos metros de la ruta resultan ser una pesadilla para Vero, tras el descanso del bar el cuerpo y los músculos se han enfriado y cuesta el doble ponerse en pie y continuar con la tirada. Pasamos la gasolinera, donde me compro una bebida energética y algo dulce para ir tirando. El resto del tramo es carretera y más carretera, monótono hasta hastiar. 
Pero al fin llegamos al albergue, son las 16:15, Vero llega un poco más atrás que yo, Lucía sale a darle un abrazo por que lo ha conseguido, porque ha llegado a pesar de las dificultades de hoy, veo a Vero algo emocionada.


Nuestra habitación
Enseguida nos acomodamos, el albergue se encuentra apartado a la izquierda en plena carretera, por lo que, como ya he dicho, no hay prácticamente nada alrededor. Es una casita de dos pisos, el interior es de madera, da una impresión acogedora, desde el primer momento me gusta. El hospitalero, que habla como de manera automática, nos registra y nos sella la credencial. Hay habitaciones arriba y abajo, subimos al piso de arriba donde hay otras tantas habitaciones, elegimos una donde hay dos literas con algunas viejas y raídas mantas en cada cama. El suelo cruje a medida que lo pisamos, sería un lugar perfecto para rodar un film de terror de bajo presupuesto. En fin, tras dejar los pertrechos, nos duchamos, y por la tarde nos reunimos abajo para hablar de la cena de esta noche y de la ruta de mañana. Mi idea es acabar en O Cadavo, a unos 24 km de aquí, pero finalmente decidimos que estiraremos hasta Castroverde, es decir, unos 8 km más, más que nada para que la etapa Castroverde-Lugo resulte más cómoda de llevar, pues serán 22 km y tendremos más tiempo de disfrutar de la ciudad gallega. Pero Vero me dice que mañana no saldrá conmigo, que ha llegado hasta un límite en el que su cuerpo le pide un descanso, un parón, me dice que cogerá un bus con Helena, la chica alemana, que también anda bastante tocada de su rodilla, y las dos llegarán a Lugo a mediodía, donde nos esperarán hasta que lleguemos dentro de dos días, y allí verá si puede seguir. Sé que le duele mucho tomar la decisión, incluso veo alguna lágrima asomar en sus ojos, pero es la mejor decisión que en estos momentos puede tomar, hoy ha sido un día muy duro, una ruta muy pesada, y al final, cuando te excedes se cobra la factura. Todos animamos a Vero, porque es un ejemplo de superación, porque a veces hay que saber parar para volver a seguir. 

En el albergue hay una chica americana (no la de los ronquidos :-)), parece que lleva dos días aquí y que no se encuentra muy bien, se ha pasado todo el día en su habitación, en la planta baja y apenas ha hablado con nadie. Helena y Vero unen lazos de amistad, mañana saldrán juntas hacia Lugo, veo a Vero algo más animada tras tomar su decisión, dos días de descanso le vendrán genial, estoy seguro.
Llegan las 20h,30' y tocan a la puerta, son los del restaurante, vienen con un coche, pero al ser siete, tendrán que hacer dos viajes. Cuando estamos todos, entramos al restaurante y subimos a un piso superior, allí nos encontramos también con el valenciano y el alicantino cenando, pero ellos se alojan en un hotel que hay en Fonsagrada, en el mismo pueblo, nosotros vamos más de low cost. Nos sentamos al fondo, en una gran mesa redonda, y empieza el ir y venir de las copas de vino, vino blanco, vino tinto, un poco de pulpo por aquí y un poco de sopa gallega por allá. Siete personas, venidas desde puntos tan distintos, que hace unos días apenas no se conocían, esta noche comparten una mesa y muchas risas, desaparecen las barreras del idioma y lo pasamos lo mejor que podemos, a sabiendas de que este momento es único y muy posiblemente no se repetirá, quizá deberíamos vivir así siempre, ¿no?

Perdemos la noción del tiempo, quizá son las once, o quizá las doce, creo que hasta el tiempo se ha cansado de esperar a que le consultemos, en cualquier caso lo pasamos bien, para acabar la noche brindamos con unos chupitos que nos invita la casa; mi poca costumbre de beber vino y mi también poca costumbre de comer tanto me empieza a pasar factura. Pagamos y vamos bajando para ubicarnos en los coches que nos llevarán de vuelta al albergue, que rápida se hace la carretera desde el coche, la misma carretera que unas horas antes me parecía eterna, vago por mis pensamientos porque mi cabeza ya está en la cama y mi cuerpo la reclama. Llegamos al albergue, exceptuando a Vero, que solo ha bebido un chupito, soy el que mejor está de todos, los demás llevan la fiesta encima y se quedan abajo echando unas cuantas risas más. Vero y yo subimos a nuestra habitación, no me encuentro bien, tengo el estómago revuelto y la cabeza, pues... también revuelta, abajo se escuchan risas, bromas, el suelo cruje, me pongo los tapones para intentar dormir, me meto en el saco y solo pienso en el vino...maldito vino... Buenas noches.



De izq. a der.: Vero, Jörg, Yo, Alfonso, Lucía, Sebastien y Helene





jueves, 2 de octubre de 2014

Camino Primitivo '13 - Etapa 6: Berducedo - Grandas de Salime


Todavía no ha sonado el despertador pero yo ya he abierto los ojos, tal vez porque nací madrugador y así ha sido hasta hoy. Los muelles de mi colchón se quejan al separar mi espalda de él, intento hacer el menor ruido posible, pero en este cubículo, perdón, albergue, parece ser una difícil tarea. Cojo el frontal para guiarme y poder coger todas mis cosas y llevarlas a la cocina, donde tendré algo más de espacio para disponer mi mochila; Vero también se despierta casi a la par que yo, aunque ella lleva alguna marcha menos. Poco a poco van despertándose Alfonso, Lucía, Sebastien...Vero y yo desayunamos como podemos, el tema principal de conversación son los ronquidos de la americana, parece ser que ha dado un buen show, yo, afortunadamente, apenas me he enterado.

Somos los primeros en salir, todavía es de noche y afuera reina el silencio, hoy tenemos una ruta un tanto atípica por delante, hemos de superar un desnivel bastante importante, pues hemos de descender  unos 800 metros hasta el embalse de Salime y tras él recuperar  otros 400 metros de subida hasta llegar a nuestro destino de hoy, Grandas de Salime, la última etapa en Asturias, mañana dormiremos en tierras gallegas. Dejamos Berducedo atrás lentamente, Vero está animada, supuestamente la etapa de hoy, a pesar del gran descenso que nos espera, ha de ser tranquila, en total cubriremos unos 19 kilómetros.

Llegando a La Mesa
Vamos superando tierras enfangadas hasta los topes y ascendiendo lentamente, el rocío matutino y las lluvias de los últimos días han dejado los caminos algo intransitables, y si añadimos el paso de los tractores sobre el fango la cosa se complica más, pues las zanjas abiertas por éstos dejan el barro más líquido y pringoso. Con estos avatares vamos viendo cómo amanece en silencio, escuchando nuestra propia respiración como inseparable compañera, y llegamos de nuevo a la carretera para avanzar por ella dos kilómetros hasta llegar al pueblo que lleva de nombre La Mesa; se trata de un pequeño pueblo que cuenta con un albergue, sin embargo, en los alrededores no hay ni tienda, ni bar, ni ningún lugar para proveerse, por lo que si no se va con la mochila cargada para comer o cenar no es una buena opción acabar la etapa aquí.

Que el buen humor nunca falte
Dejamos a nuestras espaldas La Mesa y ante nosotros se nos presenta el asfalto, un interminable asfalto en pendiente constante; el ascenso sobre este terreno siempre es más duro, quizá por lo monótono que resulta, así que no queda otra que comenzar la subida, como siempre poco a poco, tomando aire cuando es necesario. En lo alto se ven los aerogeneradores, pequeños ahora y gigantes tras unos kilómetros más, Sigue el silencio, aunque ahora marcado por el lejano sonido que producen las aspas al romper el viento, no hablamos, ahora subimos, pensamos, imaginamos, soñamos, y cada cierto momento nos paramos; mientras tanto, la niebla se instala sobre nuestras cabezas, se respira un aire frío, todavía conservo la braga desde que abandonamos el albergue, sin embargo el cielo es claro y parece que hará un buen día.
Subiendo a Buspol

Por fin superamos el techo de esta etapa, llegamos al nivel donde se hallan los generadores, intentando robarles un poco de aire, ése que les falta a nuestros pulmones. Disfruto de este momento, estamos solos, Vero y yo, los generadores giran y giran, las nubes avanzan y nosotros también avanzamos, estamos contentos tras superar esta dura subida.


Aerogeneradores
Buspol
Buspol es una aldea muy pequeña, me recuerda a Montefurado, y tras dejarla atrás comenzamos la bajada hasta el embalse de Salime, que según nuestra guía es el plato fuerte del día.

Nos paramos para reponer fuerzas con algunas barritas y algunos zumos, todavía no nos hemos cruzado con nadie, son las 9:30 de la mañana y el sol empieza a despuntar desde lo alto. La dificultad de la bajada hasta el embalse no radica en su dureza, pues aunque hay algunos tramos con fuerte pendiente hacia abajo, la mayoría son controlables, lo complejo es su duración, es una bajada en zig-zag, no es un descenso directo. Desde lo alto veo el embalse, el cual debemos cruzar una vez que estemos abajo, pues al otro lado está Grandas, nuestro destino de hoy. Avanzo más rápido que Vero, y me paro para esperarla, Lucía nos alcanza, intercambiamos opiniones sobre la subida a Buspol y planeamos ver esta tarde el pueblo y de paso ver el R.Madrid - Barcelona, que juegan esta tarde. Lucía prosigue su camino y quedamos en vernos más tarde.

Vero empieza a estar cansada, y más que en sus piernas o en su ritmo, lo noto en su humor, el embalse parece estar cerca, muy cerca, pero el camino sigue y sigue, parece no tener fin. El sol ya domina el cielo, y es hora de quitarse capas de ropa; por fin volvemos al asfalto, signo de que el cruce del embalse está cerca, la distancia entre Vero y yo se ha prolongada bastante, me propongo llegar hasta el embalse y allí esperarla.


Las vistas impresionan, merece la pena cada paso que damos y cada bocanada de aire que expulsamos, aquí abajo hace más fresco y vuelvo a ponerme la sudadera mientras espero a Vero contemplando el paisaje; un autocar de turistas llega al embalse, ¿será el embalse una atracción de la zona?, sin duda es digno de ver, aunque no sé hasta qué punto pueda tratarse de una visita guiada, decenas de señores y señoras bajan los peldaños del autocar y unos más que otros observan a un peregrino sentado que parece esperar a alguien. Vero llega una media hora después, las ampollas le están minando las fuerzas, la veo cojear, intentando pisar sobre el lado que menos duele, me veo en ella cuando hice mi primer Camino y se que es duro.
Embalse de Salime
Y ahora comienza de nuevo la subida, la última, la que nos llevará a Grandas. Cómo no, la subida es en asfalto, cuando las piernas fallan, es muy fácil que nuestra cabeza también falle, por eso intento ir lo más cerca de Vero posible, intentando bromear y echarle gracia al asunto. En ocasiones funciona, en otras no, pero yo sé que puede, y aunque yo no estuviera ahí, ella llegaría de todas formas. Nos hacemos fotos y recordamos viejos tiempos, porque aunque los kilómetros sean los mismos, los minutos se tornan más ligeros.


Su cara lo dice todo :-)
Llegamos hasta el Hotel Grandas, sé que desde aquí quedan unos 4 kilómetros hasta nuestro destino de hoy, por eso nos alegramos y motivo a mi hermana a seguir. Un hombre nos escucha, está saliendo del hotel y se dirige para coger su coche, cuando nos dice si queremos subir con él hasta Grandas, Vero me mira, pero yo le respondo amablemente que muchas gracias pero no, tenemos que subir a pie después de todo lo que llevamos, Vero se lo toma con humor. Tras mucha carretera, llegamos por fin al desvío que nos lleva por caminos de tierra y bosque hasta las primeras casas de Grandas, el último trocito de Asturias en el que dormiremos, pasamos por delante del Museo Etnográfico, del que he leído buenas críticas, unos caballos nos dan la bienvenida y...¿dónde está el albergue? Seguimos y seguimos caminando y vemos cómo vamos dejando atrás el pueblo, hasta que preguntamos a un vecino y nos dice que vamos bien, que el albergue está al final de Grandas. Recuperados del susto, observamos que el único supermercado del pueblo acaba de cerrar hace media hora, son alrededor de las 14h y los sábados por la tarde no abre...Bien!! Más tarde nos enteramos de que en el centro hay una máquina expendedora de bollería, que al menos nos servirá para desayunar mañana por la mañana.
Bienvenido a Grandas

Llegamos al albergue y allí nos encontramos a Lucía, que acaba de salir de la ducha, no hace mucho que ha llegado, también está Vicente, el hombre que comenzó su periplo, al igual que nosotros, en la estación de autobuses de Santander. Ha pasado una noche aquí y está esperando a un amigo que ha de llegar para retomar el Camino juntos, tengo entendido que cómo máximo un peregrino puede pernoctar dos noches en un mismo albergue, siempre que haya plazas disponibles o por que lo dicten causas de cierta importancia (lesiones, enfermedad...). El albergue cuenta con 24 plazas, tiene dos plantas, abajo se encuentra la recepción, una sala de estar con algunos libros y revistas, la cocina y dos literas. Arriba se encuentran los baños y el resto de plazas de litera, una sala alargada y bien acondicionada, en resumen, es un albergue bien cuidado y muy limpio.

Al poco tiempo llegan Alfonso y Jörg, y algo más tarde Sebastien y Helene, ya estamos todos de nuevo juntos. Vero y yo hacemos algo de pasta que llevamos en la mochila y más tarde aprovechamos para poner una lavadora junto a los demás, entre todos ponemos 5 euros. Subo a la habitación a relajarme y a ordenar un poco mis cosas, y aprovecho para escribir y plasmar con mi mano todo aquello que es tan difícil de explicar con la boca. Vero y yo nos dormimos, el cansancio acumulado nos puede.

Tras la siesta, tendemos en la parte de atrás la ropa lavada; Alfonso propone ir a ver el museo etnográfico, pero decidimos ir a ver un poco el pueblo junto a Lucía, quedando más tarde todos en el único bar que parecen poner el Madrid-Barça. Hace una fría tarde soleada, es agradable pasear sin ningún rumbo, sin tener que busca la siguiente flecha amarilla o el próximo hito que nos guíe el Camino. Visitamos la antigua Colegiata de San Salvador de Grandas, del siglo XVII, rodeamos su pórtico columnado, intento imaginar a todos esos peregrinos que se han cobijado del frío o de la lluvia bajo estos mismos techos, aquí, donde mis pies están pisando en este momento.
Colegiata de San Salvador
Pórticos
Son las 18:00h y nos hemos reunido en el bar junto a Jörg y Alfonso, hemos tenido suerte y hemos encontrado una mesa libre al fondo del local, parece que la mayoría son culés, Vero y yo estamos en territorio enemigo, Lucía simpatiza con el Madrid, Alfonso con el Barça, y Jörg.., Jörg es neutro. Pedimos unos bocadillos y algunas botellas de sidra, hay que despedirse de Asturias como toca. Aunque nuestro equipo pierde, pasamos una divertida tarde, en Grandas hay buen ambiente y tras el partido la gente no se marcha; Alfonso nos dice de ir a cenar a un restaurante que hay cercano, pero tenemos que mirar el bolsillo y además tenemos unos sobres de pasta en la mochila, así que nos vamos hacia el albergue, recogemos nuestras prendas que han estado tendidas toda la tarde y nos hacemos la cena, una cena ligera, estamos cansados y tenemos ganas de coger la cama.


Habitaciones
No hay nadie arriba, todos están fuera, cenando, paseando, riendo, conversando, probablemente junto a personas que hace unos días eran desconocidas; hechos y situaciones que se viven todos los días en cualquier lugar del mundo, pero que aquí, sin que uno se dé cuenta, son diferentes, y eso es algo que sólo percibimos a través del tiempo.

 Estoy agotado, oigo a Vero remover cosas en su mochila, oigo sonidos provenientes de fuera, escucho las voces de quienes van llegando, y también percibo levemente el resonar de algunas gaitas gallegas, mañana dejamos atrás Asturias y seguimos la aventura por Galicia. Boas noites






lunes, 15 de septiembre de 2014

Camino primitivo '13 - Etapa 5: Pola de Allande - Berducedo


El reflejo de la luz de una farola, que golpea y atraviesa el cristal de la habitación, me despierta antes de que lo haga el despertador. Son las 7:15h y en la habitación reina un vasto silencio, interrumpido en ocasiones por el sonido metálico que producen las tuberías del baño. Vero no tarda en despertarse, al igual que Lucía. Con algo más de frío de lo acostumbrado comenzamos a desperezarnos, nos estiramos más de lo normal y reorganizamos nuestras mochilas. Desayunamos en silencio, a estas horas no hay mucho que decir, pienso, y supongo que pensamos, en la etapa de hoy, en el primer pueblo que cruzaremos o en la primera dificultad que nos encontraremos.

Vero y yo estamos preparados para salir, Lucía nos dice que saldrá un poco más tarde, se está colocando sus nuevas deportivas, esas que ayer moldeó y reblandeció para hacerlas más cómodas al pie, le deseamos que le vaya bien, sabiendo de antemano que nos volveremos a encontrar durante la etapa. Y así, comienza nuestra quinta etapa por Asturias. 

Comenzando la jornada
Bajamos las escaleras que conducen de nuevo a Pola, hace frío, Vero cojea un poco a causa de las malditas ampollas y yo me vuelvo a atar bien los cordones, un mal atado puede hacer rozar más de lo deseado la parte del talón y la bota provocando la aparición de alguna llaga. Me equipo con la braga por primera vez en el Camino, aunque no me durará mucho. Iniciamos la salida de Pola por su calle principal, dejando atrás el pueblo por carretera, aún es de noche y debemos de ir con cuidado con los camiones y los coches que se nos cruzan. Este primer tramo dura unos 2 km, es entonces cuando cogemos un desvío y nos adentramos ya en bosque y pistas de tierra. Comenzamos a ascender de forma suave pero constante, atravesamos algunas pequeñas cascadas de agua que conducen hacia el río Nisón, un poco más abajo. Comienza a despuntar el sol, parece que hará un mejor día que el de ayer, los caminos se hacen cómodos, con las típicas subidas y bajadas a las que ya estamos acostumbrados.

El plato fuerte de la jornada de hoy es la subida al Puerto del Palo, el cual ronda los 1106 metros de altura, y además resulta ser el techo de este Camino Primitivo. Yo ando con él en la cabeza, en si de verdad será tan duro como nuestra guía nos lo comenta. El tramo continúa con sus pequeñas avanzadillas de bajadas y subidas, haciéndonos creer por momentos que al final no será tan duro como esperábamos. Lucía nos alcanza y camina con nosotros algunos metros, el terreno es algo dificultoso y la gran cantidad de piedra suelta nos impide llevar un ritmo regular. Tras cruzar unos cuantos restos de riachuelos perdemos de vista a Lucía, que parece que sus nuevas zapatillas le funcionan muy bien, mientras nosotros proseguimos nuestro ascenso. Las subidas se hacen cada vez más fuertes, paramos de vez en cuando para recuperar, respirar, descansar, seguir, respirar, descansar, seguir...y así las veces que hacen falta. 

Ascendiendo al Puerto del Palo
A Vero la veo sufrir, está siendo duro, bastante duro el tramo final de esta subida al Puerto del Palo, el ascenso alterna terrenos de asfalto, los peores, con otros de tierra. En ocasiones he de ir inclinado hacia delante para que el peso de la mochila no me haga caer dada la inclinación de subida que hay y por primera vez desde que empecé esta aventura pienso en llegar, llegar, llegar arriba, parece que al aire se le hubiera olvidado entrar en mis pulmones. Echo la vista atrás y veo a mi hermana luchando contra las alturas, contra el aire y la naturaleza, contra ella misma. La espero y cojo su mochila, cargo con la mía y con la suya y subo, subo sin parar, sin pensar. El final de este tramo está cerca, después de uno o dos parones, al fin y al cabo son 17 kg a mi espalda, llegamos arriba, al techo, a la cima. Allí nos deleitamos la vista con algunos caballos en libertad, a modo de premio por el esfuerzo realizado. Nos tomamos fotos, y descansamos unos minutos antes de afrontar el segundo punto fuerte de la jornada, un descenso muy pronunciado que nos llevará a la aldea de Montefurado.


¡Por fin arriba!
Descenso a Montefurado
El descenso impresiona por su tremenda inclinación y su terreno inestable, pues se trata de mucha gravilla y piedras sueltas que nos hacen calcular de forma precisa cada una de las pisadas. En este tramo vamos muy lentamente, le digo a Vero que no tenga miedo a pisar, que en cuanto tenga un pie apoyado piense ya en donde va a poner el otro, nuestros carácteres chocan y discutimos, es el punto negro de la jornada. Avanzo sin esperarla durante más de media hora, pienso que este Camino me está superando y cada etapa se hace más dura y exigente. Paso en solitario Montefurado, una aldea en medio de ninguna parte, escondida entre montes de mil metros y anclada en un pasado algo lejano, sin perder de vista a Vero. Al poco tiempo me siento a esperarla y solucionamos nuestras imperfecciones con un abrazo, un abrazo que, traducido en palabras, por así decirlo, significa que cuando tú pares yo paro y que si hay que dejarlo se deja. Pero Vero es más fuerte que eso y no quiere abandonar, y yo la animo, está superando con nota el tramo más difícil del Camino Primitivo, que es el que cruza por Asturias.
Último kilómetro hacia Berducedo

Tras pasar por Lago, un pequeño pueblo, tomamos un pesado tramo de carretera que dura unos dos kilómetros. Llegamos a un bosque de altos árboles, que parecen cobijarnos y marcarnos el camino hasta Berducedo, el último kilómetro nos lleva por fin a la meta de esta etapa, el albergue se encuentra a la entrada del pueblo, o aldea, o como se prefiera llamarlo, pues Berducedo cuenta con unos 85 habitantes según nuestra guía.

El albergue es muy pequeño, es una antigua escuela (otra más) convertida en albergue de peregrinos, cuenta únicamente con diez plazas repartidas en cinco literas muy apretadas entre sí. La cocina es simple, cuenta con lo necesario, y en cuanto a las duchas dejan algo que desear pero tienen agua caliente. Por lo demás, arriba hay una especie de terraza donde se puede tender la ropa que se desee lavar, aunque el albergue no cuenta con lavadora. Quizá lo más desagradable sea convivir con las miles de moscas que pululan en el albergue, supongo que debido a que al otro lado se encuentra un terreno cercado con unos buenos pares de bueyes y vacas.

En el albergue solo se encuentra Lucía, ha llegado hace una media hora, y nosotros nos instalamos en la pequeña habitación, que más que un albergue parece un refugio de montaña. Decidimos ducharnos e ir a buscar algún lugar donde poder comprar cualquier cosa para comer; Berducedo, como ya he dicho, es pequeño, muy pequeño, y solo cuenta con una especie de tienda-supermercado donde venden un poco de todo, incluyendo algunas cosas caducadas. Compramos arroz, atún y algunas cosas para pasar la tarde, principalmente guarrerías, y el desayuno de mañana. La dueña de la tienda, que hace las veces de encargada del albergue, es una mujer arisca, no parece querer mostrar mucha simpatía, poco después de comprar viene a sellarnos la credencial.
Albergue de Berducedo

Paso la tarde muy cerca del albergue, donde hay un pequeño parque que cuenta con unas mesas y unos bancos de madera donde es agradable sentarse a escribir, a charlar y a pensar, o simplemente a pensar en no pensar, que al fin y al cabo es una de las cosas por las que vine aquí. Vero se entretiene escribiendo y conversando con un vecino que anda de aquí a allá dando conversación a todo aquel que se encuentra; Lucía también escribe su Camino, mientras el sol va bajando y una leve brisa va enfriando el ambiente, estamos a las puertas de Noviembre y mucho nos está respetando el tiempo por el momento.

A finales del atardecer vuelvo al albergue y me sorprende ver que casi se ha llenado, han llegado Sebastièn y Hélene, además de dos nuevos compañeros de viaje, Alfonso y Jörg, los dos vienen de hacer el Camino del Norte, que comienza en el País Vasco, y ambos llegan de completar la ruta de los Hospitales. Pronto entablamos conversación y decidimos que iremos a cenar al único bar que hay por aquí. 
Tarde de relax

El bar resulta ser una especie de bar-pub-restaurante, el dueño o encargado del local también es algo arisco, ¿qué pasa con la gente de Berducedo? Somos los únicos comensales de la noche, así que los cinco nos sentamos a la mesa. La noche discurre en un ambiente fluido, cada uno con su historia, su origen y sus porqués de estar aquí, entrelazando historias y uniendo lazos que uno no sabe cómo. 

Los platos no resultan ser nada del otro mundo, yo ceno un plato combinado de ensalada, patatas y algo de carne, al final de la noche Lucía le pide amablemente al dueño si nos invita a un chupito, y la respuesta es NO. Así que nos marchamos al albergue, son casi las 22h, ya ha empezado a refrescar, en el albergue ha llegado una nueva, y última, peregrina, ha llegado bastante tarde dicen, es americana y no ha hablado con nadie prácticamente, sus dotes para roncar van a deleitar al escaso público de Berducedo esta noche, gracias a que traje mis tapones yo me libraré.

Un nuevo día se cierra en un lugar algo perdido de Asturias y del mundo, hemos conocido a dos nuevos compañeros que de algún modo también marcarán nuestro Camino, ese Camino que buscamos cada mañana y nos recompensa cada noche, mañana toca un poco más, buenas noches.






jueves, 20 de febrero de 2014

Camino primitivo '13 - Etapa 4: Tineo - Pola de Allande


Pi pi pi pi...pi pi pi pi...las alarmas del móvil nos despiertan como una bofetada. Hoy abrimos los ojos antes de lo habitual, hoy toca madrugar, toca motivarse desde primera hora. Sebastien y Helene ni se inmutan a pesar de nuestros ir y venir por la habitación; dado que no hay cocina, ni nada que se le parezca, desayunamos en el recibidor, donde hay un sofá algo olvidado por los años. Desayuno tranquilo, con ganas de empezar la etapa, saldría corriendo, pero calma, calma, calma. Vero, para no perder la costumbre, anda de aquí a allá con la quinta marcha puesta. En los despertares somos la noche y el día, a veces se olvida de untarse los pies con vaselina y he de recordárselo, al fin y al cabo, de estas cosas siempre acabamos riéndonos. Yo sigo mi ritual de siempre: desayuno, vestirse, prepararse los pies, calzarse, hacer algunos estiramientos y pa' fuera.

Tras recomponer la mochila por vigésimocuarta vez en lo que va de Camino, salimos al encuentro con el cielo aún oscuro de Tineo, no hace frío, se divisan algunas nubes y tengo la intuición de que hoy caerá alguna gota, y no me equivocaré. Dejamos atrás el albergue y pronto perdemos a Lucía, que se ha quedado atrás, Vero y yo continuamos a buen ritmo de forma progresiva, nos despedimos de Tineo a medida que vamos adentrándonos en zonas algo más rurales. Decidimos llamar a Lucía por si acaso le ha pasado algo, nos dice que se ha quedado algo atrás por un problema con sus botas, así que seguimos. Unas pequeñas subidas para acabar de despertarnos nos conducen a pistas de tierra y bosques frondosos en los que es necesario sacar el frontal ya que todavía el Sol no ha comenzado su jornada. La subida es constante pero lineal, sin grandes pendientes, vamos recuperando oxígeno de vez en cuando. La ropa comienza a sobrar, los Navarro somos muy calurosos, pero hay que ir con cabeza  y aguantamos un poco más, no vayamos a coger un molesto resfriado.


Amaneciendo a las afueras de Tineo
Al poco rato y sin saber cómo, vemos al fondo, delante nuestra, a Lucía, ¿pero cúando nos ha adelantado?, no tenemos ni idea. Está cambiándose las botas, esas que la están matando, por sus manoletinas, una auténtica locura que reconoce ella misma, pero no ve otra solución, a pesar de no tener prácticamente suela no aseguran ninguna parte del pie ni del tobillo. Comienza a andar y nos dice que de momento es un alivio no llevar aquellas botas asesinas, continuamos un rato los tres juntos hasta que ella coge su ritmo y quedamos en vernos más adelante, le deseamos suerte. Vero y yo avanzamos tranquilos, la etapa de momento se está comportando y las nubes, cargadas de agua, todavía no han decidido abrir sus compuertas.

Las pistas y los caminos de tierra siguen algo impracticables a causa del barro y el fango, sobre todo en las zonas cercanas a las aldeas, donde la tierra trabajada se humedece más y forma auténticos barrizales. A los 12-13 kilómetros de la etapa llegamos a una especie de nave industrial donde un hombre labra la tierra con su tractor, desde lejos nos mira fijamente, se supone que los aldeanos deben estar acostumbrados a ver pasar a peregrinos, quizá éste sea nuevo en el pueblo, pienso. Nos acercamos a él, porque no queda otra, se baja del tractor y tras saludarnos, nos pregunta si vamos a coger la ruta de los Hospitales, la variante en la que puede dividirse la etapa de hoy. Le decimos que no, que vamos hacia Pola, nos dice que lo que queda es duro, que hasta llegar a Melide nos quedan unos días majos, como él y sus ánimos. En realidad es un señor amable, lo que tiene un aire a asesino/secuestrador de peli barata de domingo. Nos invita a que probemos la leche de sus vacas, que vayamos a su nave, que está ahí cerca, y de paso nos sella la credencial, nosotros, con cara de circunstancia, le decimos que venga, que vale. El hombre se baja del tractor, nos lleva dentro de la nave y prepara la leche y los vasos, los cuales lava con sus propias manos, ¿pa qué las balletas, pa qué? Vero se tomará un vaso, yo con la leche sola no puedo, sorry. Nos saca un cuaderno donde anota a todos los peregrinos a los que sella, en realidad debemos ser el cuarto o quinto peregrino, pues solo hay unos cuantos apuntados, no se trata de ningún hospitalero, pero nos dice que algún día le gustaría serlo. Nos sella la credencial, cuyo sello es tan grande que casi no cabe en su espacio, y amablemente le anunciamos que tenemos que irnos, pero antes, coge una flor de su campo y me dice - Venga, dásela a tu novia - Vero y yo nos miramos y le respondo - Que no hombre, ¡que es mi hermana! -, así que nos despedimos con unas risas, con un nuevo sello y con un encuentro peculiar con un hombre peculiar, cosas del Camino, lástima que no nos hiciéramos una foto.
Desvío, hacia la derecha, Hospitales, izquierda, Pola

Casi al instante comienza a llover, no de manera intensa pero si de la manera que nos obliga a sacar el poncho y ponérnoslo. Continuamos por pistas de asfalto cruzando algunos pueblos y aldeas: Campiello, Borres (aquí hay un albergue donde pernoctan los peregrinos que deciden hacer al día siguiente la ruta de los Hospitales, ésta es algo más dura, pues se sube hasta los 1200 metros de altura y se avanza por plena montaña, donde normalmente hay fuertes rachas de viento y los servicios son nulos, esta etapa normalmente acaba en Berducedo, donde nosotros acabaremos mañana partiendo desde Pola), El Fresno, un pueblo llamado "Las Tiendas" (donde no hay ninguna por cierto)...

La etapa continúa por asfalto durante un buen tramo en el que la lluvia y el viento se convierten en nuestros incómodos compañeros de viaje. A Vero le molesta el roce de las ampollas con el talón, sé lo que es, y lo único que puede hacer es tirar de fuerza mental. Son 5 kilómetros pesados, espesos de llevar, algunos coches no aminoran la velocidad al pasar y dado que los arcenes son en algunos tramos mínimos hay que ir con bastante ojo. 
Paisajes idílicos bajo la lluvia

Vuelven los caminos enfangados y embarrados, la lluvia no cesa aunque hay que agradecer que no es intensa y permite sobrellevar la etapa, hoy el poncho no nos lo quitaremos hasta llegar a Pola. Comenzamos, primero de forma leve, la subida a los dos puntos más altos de la etapa, el Alto de Porciles (733 m) y el Alto de Lavadoira (806 m), éste último se hace pesado por el desnivel acumulado. Tras pasar el Alto de Porciles, bajamos lo subido para volver a subir un poco más todavía hasta el citado Alto de Lavadoira, son tramos que discurren por pistas de tierra mojada y tramos de asfalto resbaladizo. Espero a mi hermana, hoy se lo está currando, es una campeona, le voy animando con lo típico de "ya queda nada, esta subida y ya está", y de hecho, la guía nos dice eso. 
¿Cúanto duró ese bastón?

Tras Lavadoira comienza una suave bajada aunque algo pesada hacia Pola de Allande. Cruzamos algunas minúsculas aldeas, con sus gentes, con sus olores y con su propia vida, recuerdos líquidos que más tarde se solidificaran dentro de nuestras memorias. Mientras espero a Vero para llegar a Pola los dos juntos, juego con un perro mojado que camina junto a su amo y sus dos bueyes, el buen hombre me dice que Pola está ahí mismo, bajando. Vero y yo comenzamos el descenso a Pola, veo el albergue al principio del pueblo algo escondido a la derecha, la entrada a él se hace tras una pendiente y unas cuantas escaleras, por si no habíamos caminado mucho hoy, son las 15h, unas 9 horitas de etapa hoy, nos merecemos un buen descanso.

Entramos, Lucía ya ha llegado, como suponíamos, y encima lo ha hecho con sus manoletinas, toda una proeza, sobre todo por el día que nos ha hecho. El hospitalero está en la sala del comedor, tras elegir las camas y descargar nuestra segunda piel en forma de mochila vamos hacia allí para que nos selle la credencial y pagarle la noche. El hospitalero se sorprende del sello del hombre de esta mañana, dice que nunca lo había visto. ¡Normal, si en el cuaderno había apenas cinco peregrinos apuntados! El tío es serio, se nota que es un funcionario al que han mandado para cubrir el puesto de hospitalero, no siente ni sabe qué es el Camino, nada que ver con Domingo o Miguel de las anteriores etapas. 

Después de sellar se marcha, y nos quedamos de nuevo los tres solos. Afuera sigue haciendo un día de perros y no invita a salir para, al menos, conocer y pasear un poco por el pueblo. Nos duchamos y esperamos que el tiempo amaine un pelín. 

El albergue es limpio, grande, se trata de otra escuela rehabilitada para estos menesteres, a las duchas le falta alguna cortina o puerta, ya que no hay manera de evitar que el baño se convierta en una piscina olímpica tras la ducha. La cocina es muy completa, quedan algunos sobres con pasta y algunos tomates que por la noche cenaremos. Junto a ella está la sala de descanso, con unas sillas que imitan a las de la sala de espera de una consulta médica. En el pasillo que une las habitaciones con la cocina hay una serie de cuadros de gran tamaño que nos informan de las etapas del Camino primitivo, de las distancias y de las cosas a tener en cuenta, interesante.

Pola de Allande
Decido ponerme en marcha hacia el centro del pueblo para buscar algún supermercado donde comprar algo para merendar y algunas cosas para la etapa de mañana. Salgo del albergue y llueve débilmente, voy con mis chanclas para que los pies respiren y descansen un poco, evidentemente me llevo todas las miradas del pueblo, chico nuevo con chanclas a finales de octubre y lloviendo, no me extraña. Pregunto en un taller y me indican donde hay un súper, voy hacia allí y compro algunas cosas para sobrevivir unos días más y vuelvo al albergue. Lucía se ha comprado unas running que ha encontrado en la única tienda de deportes que hay por aquí, con ellas acabará el Camino, la mejor compra que ha hecho, sin duda. 

Habitación
Pasamos la tarde leyendo, planificando las próximas etapas y fortaleciendo lazos que sólo hace el día a día. Cuando para de llover decidimos ir a ver algo del pueblo, damos un par de vueltas y buscamos un bar donde sirvan sidra, que en Asturias debería ser cualquiera, pues no, ¡error!, entramos en uno de los pocos bares que hay y que quedan abiertos, nos llevamos de nuevo todas las miradas. Pedimos sidra y..no tienen, muy mal, muy mal, así que pasamos al plan B, unas birras, y mi hermana un Trina, que aquí solo sirven de manzana, ¿en honor a la sidra?

Volvemos al albergue con la noche instalada sobre nuestras cabezas, preparamos la pasta que queda en el albergue y nos preparamos para una nueva noche, y de nuevo los tres solos. Recogemos las prendas que habíamos dejado tendidas, siguen aún húmedas, al igual que las botas, embarradas hasta los tobillos. Son las 22h y nos metemos en el saco, hay que descansar bien para la etapa de mañana, la que nos llevará al Puerto del Palo, a unos 1200 m de altura, con un desnivel de casi 600 metros. La guía nos dice que cuando acometamos la última subida hacia la cima del puerto sólo escucharemos el sonido de nuestros jadeos, qué majo, ¿será cierto?, mañana lo veremos. 

Llega la hora de la desconexión mientras pienso en que no quiero que acabe esta aventura, porque cada etapa se convierte en un nuevo capítulo de nuestras vidas y en el que aprendemos nuevas cosas, quizá demasiadas o quizá insuficientes, el tiempo lo dirá. Buenas noches.